Entrañables aquellos domingos de playa de los años 60 y 70. La familia al completo y muy cargados con los utensilios para pasar el día, íbamos a coger aquellos autocares de la empresa Miralles que nos trasladaban a Santa Pola.
Siempre el mismo ritual, la nevera de Coca Cola, llena de bebida fresquita: La Casera, Pesi Cola, Mirinda etc. Para la comida la tortilla de patatas, pollo frito con tomate y algo de fruta. A todo esto había que sumar las hamacas o sillas desplegables, la sombrilla, el balón hinchable de Nivea, el flotador con cabeza de pato, las toallas, el cubo, pala y rastrillo, el transistor y alguna cosa más.
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La familia al completo, incluida la abuela y cargados como burros, nos dirigíamos a la estación de autobuses del Paseo Franco Rodríguez para coger el autocar que nos llevaría a la playa, concretamente a la de Santa Pola, si venían familiares de fuera, hacíamos una excepción y los llevábamos a las playas de Alicante.
La llegada a la costa era apoteósica, algo así como el desembarco de Normandía. El padre ponía la sombrilla, mientras la madre y la abuela desplegaban mesa y sillas para empezar a comer. Después del almuerzo, los más pequeños nos queríamos bañar, era cuando se oía esa frase que se ha hecho muy popular. La madre y la abuela al unísono decían: tienes que esperar dos horas para hacer la digestión. Nos armábamos de paciencia y comenzábamos a jugar con la arena: dos horas al sol, sin protección, tan solo un gorrito de marinero o una visera del Elche C.F. eran lo que nos protegían de los rayos ultravioletas. Terminábamos como cangrejos y acabando con las cajitas azules de Nivea.
Mientras tanto, en la radio del padre sonaban los éxitos del verano de Fórmula V o Los Diablos. También y como no podía ser de otra forma, estaban las sesiones fotográficas familiares con las cámaras Instamatic o la maravillosa Werlisa Color
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Por fin llegaba la hora del baño, con nuestro balón hinchable, con el flotador de cabeza de pato y nuestras gafas de buzo con tubo incluido nos íbamos al agua, eso sí, hasta la rodilla; no nos dejaban meternos más adentro. Y uno se preguntaba, “para que quiero el flotador y el resto del equipo de agua”.
Después, cuando la tarde empezaba a caer, otra vez el mismo ritual pero a la inversa, recoge todo y una vez más cargados a coger el autobús de vuelta a Elche.
Eran días de playa, días de calor, de mucho ajetreo y sobre todo días que nunca se olvidarán.