Sábado, 22 de octubre de 2011
Carlos González
20-0: El día que llegó la paz
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Recuerdo con inusitada intensidad, como si fuera ayer mismo, la fecha del cuatro de agosto de 2002. Al atardecer cuando, junto con mi mujer y mis hijos, regresaba de una agradable tarde de playa en dirección a Santa Pola, escuchamos un ruido potente, lejano, seco pero intenso, estremecedor; quizá, pensamos, la explosión de una botella de butano en algún apartamento del municipio.
Pronto supimos que no se trataba de ningún accidente doméstico. Pronto se impuso el sonido de las sirenas, se colapsó el espacio radioeléctrico y se hizo imposible utilizar los teléfonos. Los informativos de la radio y la televisión nos hicieron saber lo que ya intuíamos: ETA había vuelto a asesinar. La banda terrorista había hecho estallar un coche-bomba ante cuartel de la Guardia Civil de Santa Pola. Habían muerto allí, a escasos metros del lugar de juego de nuestros hijos y de tantos otros, Silvia Martínez, una niña de seis años, hija de un guardia civil y también Cecilio Gallego, un hombre de cincuenta y siete años, que esperaba el autobús. Parecía increíble que el terror estuviera tan cerca.
Al poco, conmocionado, consternado y absolutamente desconcertado, con grandes dificultades -pues las principales carreteras estaban cortadas por la operación policial en marcha- conseguí llegar a Elche; en cuyo hospital se encontraba ya quien entonces era alcalde de la ciudad, Diego Macià, y que estaba interesándose por el estado de los numerosos heridos. Más tarde, le acompañé a Santa Pola a mostrar todo el apoyo municipal, toda la solidaridad y todo el cariño de los ilicitanos al alcalde de la localidad vecina, Francisco Conejero. Lo encontramos allí, frente al caos, al horror y al dolor, en medio de un gran despliegue policial ante la Casa Cuartel y junto a docenas de vecinos desolados y desconcertados.
En aquellos momentos, tuve la certeza de que jamás olvidaría lo ocurrido; jamás olvidaría el horror del cuartel destrozado, la estridencia de las innumerables sirenas, la solidaridad de la gente, la desazón, la angustia colectiva y el rostro de inmenso dolor del padre y de la madre de Silvia, a quienes pude ver de cerca el día del funeral, camino de la Parroquia donde se iba a oficiar el entierro.
Como tampoco he podido olvidar la sensación de impotencia, de rabia, de hastío, sentidas en cada una de las decenas de concentraciones silenciosas en la Plaça de Baix, a las que hemos acudido los ilicitanos en solidaridad con cada víctima del terrorismo, desde que en julio de 1997 ETA asesinara a Miguel Angel Blanco, concejal del Partido Popular, y hasta el último crimen cometido en París el asesinato del gendarmeJean Serge Nérin, en marzo de 2010.
Por eso ayer, cuando escuché decir al Presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, que la pesadilla se había acabado, que ETA se ha acabado, sentí una alegría distinta, una alegría intima, una alegría difícil de describir; la alegría de sentir que los demócratas hemos vencido al terror, a la barbarie asesina, al sinsentido terrorista. La alegría de sentir que no habrá más bombas, que no habrá más tiros en la nuca, que no habrá más horror y que no habrá más víctimas.
Y aunque no olvidaré nunca aquel cuatro de agosto y su significado, en el futuro recordaré con emoción el 20 de octubre, como el día en el que llegó la paz; una paz que ha costado mucho, que es mérito de todos y que ha sido producto de una política antiterrorista tenaz basada en el asedio policial, en la presión judicial, en la política penitenciaria, en la cooperación internacional pero que, sobre todo, es la consecuencia de la firmeza y en la unidad de los demócratas.
Carlos González
Ex diputado y ex concejal del PSOE en el Ayuntamiento de Elche

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Comentarios
Fecha:
Martes, 25 de octubre de 2011 a las 19:28
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Fecha:
Martes, 25 de octubre de 2011 a las 19:27
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